BOP, BOP, CONTRA AQUEL TELÓN

TRÁEME TU AMOR

Harry bajó por la escalera hasta el jardín. Allí estaban muchos de los pacientes. Le habían dicho que allí estaba su mujer, Gloria. La vio sentada a una mesa, sola. Se acercó a ella en diagonal, por un lado y un poco por detrás. Caminó alrededor de la mesa y se sentó frente a ella. Gloria estaba muy erguida y muy pálida. Lo miró pero no lo vio. Entonces lo vio.

—¿Eres el revisor? —preguntó.

—¿El revisor de qué?

—El revisor de la verosimilitud.

—No, no lo soy.

Estaba pálida y tenía ojos de un azul muy, muy pálido.

—¿Cómo te sientes, Gloria?

Era una mesa de hierro pintada de blanco, una mesa que duraría siglos. En el centro había un pequeño florero donde unas flores mustias, apagadas, colgaban de tallos tristes y marchitos.

—Eres un putañero, Harry. No haces más que follar putas.

—No es cierto, Gloria.

—¿También te la chupan? ¿Te chupan la polla?

—Pensaba traer a tu madre, Gloria, pero está en cama con gripe.

—Esa vieja bruja siempre está en cama con algo… ¿Eres el revisor?

Había pacientes en otras mesas o de pie contra los árboles o tendidos en el césped. Todos inmóviles y en silencio.

—¿Qué tal es aquí la comida, Gloria? ¿Tienes amigos?

—Terrible. Y no. Putañero.

—¿Quieres algo para leer? ¿Qué puedo traerte?

Gloria no respondió. Levantó la mano derecha, la miró, cerró el puño y se pegó de lleno en la nariz, con fuerza. Por encima de la mesa, Harry le sujetó las dos manos.

—¡Gloria, por favor!

Gloria se echó a llorar.

—¿Por qué no me traes bombones?

—Gloria, me dijiste que detestabas los bombones.

Por las mejillas de Gloria rodaban abundantes lágrimas.

—¡No detesto los bombones! ¡Me encantan los bombones!

—No llores, Gloria, por favor… Te traeré bombones, lo que quieras… Escucha, he alquilado una habitación en un motel a un par de calles, sólo para estar cerca de ti.

Aquellos ojos pálidos se agrandaron.

—¿Una habitación de motel? ¡Estás allí con una puta de mierda! ¡Veis juntos películas porno y hay un espejo de los que ocupan todo el techo!



—Estaré cerca un par de días, Gloria —dijo Harry con voz tranquilizadora—. Te traeré todo lo que quieras.

—Entonces tráeme tu amor —exclamó—. ¿Por qué demonios no me traes tu amor?

Algunos de los pacientes volvieron la cabeza y miraron.

—Gloria, estoy seguro de que no hay nadie que se preocupe por ti tanto como yo.

—¿Así que quieres traerme bombones? ¡Pues métetelos en el culo!

Harry sacó una tarjeta de la cartera. Una tarjeta del motel. Se la entregó a Gloria.

—Quiero darte esto antes de que me olvide. ¿Te dejan llamar al exterior? No dudes en llamarme si precisas algo.

Gloria no respondió. Cogió la tarjeta y la dobló hasta formar un pequeño cuadrado. Después se agachó, se quitó uno de los zapatos, metió la tarjeta dentro y se lo puso de nuevo.

Entonces Harry vio que el doctor Jensen se acercaba atravesando el jardín. Sonriente, el doctor Jensen se detuvo delante de ellos.

—Bueno, bueno, bueno… —dijo.

—Hola, doctor Jensen.

En las palabras de Gloria no había emoción.

—¿Puedo sentarme? —preguntó el médico.

—Por supuesto —dijo Gloria.

El médico era un hombre corpulento. Rezumaba corpulencia y responsabilidad y autoridad. Sus cejas parecían gruesas y pesadas, eran gruesas y pesadas. Querían deslizarse hacia aquella boca circular y húmeda y desaparecer, pero la vida se lo impedía.



El médico miró a Gloria. El médico miró a Harry.

—Bueno, bueno, bueno —dijo—. Estoy muy contento con el progreso que hemos hecho hasta ahora…

—Sí, doctor Jensen. Le estaba contando a Harry lo estable que me siento, lo que me han ayudado las consultas y las sesiones de grupo. Se me ha ido en gran medida aquella ira irracional, aquella frustración inútil y buena parte de aquella autocompasión tan destructiva…

Gloria, las manos cruzadas sobre el regazo, sonreía.

El médico miró a Harry con una sonrisa.

—Gloria ha tenido una notable recuperación.

—Sí —dijo Harry—, me he dado cuenta.

—Creo, Harry, que en muy poco tiempo más tendrá a Gloria con usted en casa.

—Doctor —dijo Gloria—, ¿me da un cigarrillo?

—Por supuesto —respondió el médico sacando un paquete de cigarrillos y haciendo asomar uno con un golpecito. Gloria lo sacó y el médico alargó la mano haciendo funcionar el encendedor bañado en oro. Gloria inhaló, exhaló…

—Tiene bellas manos, doctor Jensen —dijo.

—Muchas gracias, querida.

—Y una bondad que salva, una bondad que cura…

—Bueno, aquí hacemos lo que podemos… —dijo el doctor Jensen con voz suave—. Ahora, si me disculpan, iré a hablar con otros pacientes.

Levantó con facilidad el corpachón de la silla y fue hacia una mesa donde había otra mujer visitando a otro hombre.

Gloria miró a Harry.

—¡Gordo imbécil! ¡Almuerza con mierda que cagan las enfermeras!

—Gloria, me ha encantado verte, pero hice un viaje largo y necesito descansar un poco. Y creo que el médico tiene razón. He notado cierta mejoría.

Gloria se echó a reír. Pero no era una risa alegre, era una risa falsa, como ensayada.

—No he mejorado nada; más bien he empeorado…

—Eso no es cierto, Gloria…

—Yo soy la paciente, Cabeza de Pez. Me puedo diagnosticar mejor que nadie.

—¿Qué es eso de «Cabeza de Pez»?

—¿Nadie te ha dicho nunca que tienes la cabeza parecida a la de un pez?

—No.

—La próxima vez que te afeites, fíjate. Y procura no cortarte las agallas.

—Ahora me voy… pero mañana te visitaré de nuevo.

—La próxima vez trae al revisor.

—¿Estás segura de que no quieres nada?

—¡Vuelves a la habitación de ese motel sólo para follar a una puta!

—¿Qué te parece si te traigo un ejemplar de la New York? Te gustaba esa revista…

—¡Métete New York en el culo, Cabeza de Pez! ¡Y después, métete Time!

Harry se inclinó sobre la mesa y apretó la mano con la que ella se había golpeado la nariz.

—Sigue así, no te desanimes. Pronto te vas a poner bien…

Gloria no dio señales de haberlo oído.

Harry se levantó despacio, dio media vuelta y caminó hacia la escalera. Al llegar a la mitad de los escalones, miró hacia atrás y saludó a Gloria con la mano. Ella seguía inmóvil.

Estaban en la oscuridad, follando bien, cuando sonó el teléfono.

Harry siguió, y también el teléfono. Era muy molesto. Pronto se le ablandó la polla.

—Mierda —dijo mientras rodaba hacia un lado. Encendió la luz y cogió el teléfono.

—Hola.

Era Gloria.

—¡Estás follando a una puta!

—Gloria, ¿te dejan hablar por teléfono tan tarde? ¿No te dan una pastilla para dormir o algo por el estilo?

—¿Por qué tardaste tanto tiempo en coger el teléfono?

—¿Tú nunca cagas? Estaba en plena acción cuando se te ocurrió llamar.

—No lo dudo… ¿Vas a terminar de hacerlo cuando hayas logrado que cuelgue?

—Gloria, es esa maldita paranoia extrema lo que te ha llevado al sitio donde estás.

—Cabeza de Pez, mi paranoia ha anunciado muchas veces una inmediata verdad…

—Oye, estás diciendo incoherencias. Trata de dormir un rato. Mañana iré a verte.

—¡Sí, Cabeza de Pez, termina de follar!

Gloria colgó.

Nan, con la bata puesta, estaba sentada en el borde de la cama; en la mesilla de noche tenía un whisky con agua. Encendió un cigarrillo y cruzó las piernas.

—¿Y? —preguntó—. ¿Cómo está la dulce esposa?

Harry se sirvió un trago y se sentó al lado.

—Lo siento, Nan…

—¿Qué dices? ¿Hablas de mí, de ella o de qué?

Harry apuró su trago de whisky.

—No hagamos de esto una maldita telenovela.

—¿Ah, sí? Bueno, ¿qué quieres que sea entonces? ¿Un simple revolcón? ¿Vas a tratar de terminar lo que empezaste? ¿O prefieres ir al baño a cascártela?

Harry miró a Nan.

—Maldita sea, no te hagas la lista. Conocías tan bien como yo la situación. ¡Quisiste acompañarme!

—¡Lo hice porque sabía que si no venía traerías a una puta!

—Mierda —dijo Harry— otra vez esa palabra.

—¿Qué palabra? ¿Qué palabra?

Nan vació el vaso y lo arrojó contra la pared.

Harry se levantó y fue a buscarlo, lo llenó de nuevo y se lo entregó a Nan; después llenó el suyo.

Nan miró el vaso, tomó un sorbo y lo dejó sobre la mesilla de noche.

—¡Voy a llamarla, voy a contarle todo!

—¡Ni lo sueñes! ¡Es una mujer enferma!

—¡Y tú eres un hijo de puta enfermo!

En ese momento volvió a sonar el teléfono. Estaba en el suelo, en el centro de la habitación, donde lo había dejado Harry. Los dos saltaron de la cama hacia él. Al sonar por segunda vez, ambos agarraron el auricular. Rodaron una y otra vez sobre la alfombra, resoplando, todo brazos y piernas y cuerpos desesperadamente yuxtapuestos como reflejó con fidelidad el espejo que ocupaba todo el techo.


La edición ilustrada de «No funciona el negocio» fue publicada originalmente en 1984 por Black Sparrow Press, California.


NO FUNCIONA EL NEGOCIO

Manny Hyman estaba en el mundo del espectáculo desde los dieciséis años. Cuatro décadas en lo mismo y aún no tenía donde caerse muerto. Trabajaba en uno de los salones del Sunset Hotel. El salón pequeño. Él, Manny, era la «Comedia». Las Vegas ya no era la de antes. El dinero se había ido a Atlantic City, donde las cosas eran más frescas, más nuevas. Además, estaba la maldita recesión.

—Recesión —decía— es cuando tu mujer se escapa con alguien. Depresión es cuando alguien te la trae de vuelta. Alguien me trajo la mía de vuelta. Eso tiene su lado divertido, y cuando lo encuentre vendré aquí a contarlo…

Manny estaba sentado en el camerino tomándose a sorbos una botella de vodka. Se veía en el espejo. Entradas profundas… frente lustrosa, nariz torcida hacia la izquierda… ojos negros y tristes…

Mierda, pensó, creo que a todos les resulta difícil. Cada vez cuesta más, pero hay que seguir adelante. Eso o poner la cabeza sobre la vía del tren.

Alguien golpeó en la puerta.

—Adelante —dijo—, no hay aquí nada más que tranquilidad y un poco de vegetación judía…

Era Joe. Joe Silver. Joe contrataba los espectáculos del hotel. Joe acercó una silla, se sentó en ella al revés, apoyó los brazos y la barbilla en el respaldo y miró a Manny. Joe había estado contratando números durante el mismo tiempo que Manny había estado actuando. Tenían casi el mismo aspecto, con la diferencia de que Joe no tenía aspecto de pobre.

Joe suspiró, se desperezó y se frotó la nuca.

—Cuando estás con tu público, Manny, lo que haces es muy amargo. Quizá llevas demasiado tiempo metido en esto y la situación empieza a afectarte. Yo recuerdo cuando eras gracioso. Me hacías reír. Hasta hacías que se riera la gente. No parece algo tan lejano…

—¿Ah, sí? —sonrió Manny—. ¿Hablas de anoche?

—Hablo del año pasado. Hablo de… no me acuerdo cuándo.

—Vamos, Joe, no van tan mal las cosas —dijo Manny, sin dejar de mirar el espejo.

—No viene nadie, Manny. No atraes público. Tu número es tan chato que lo podrías pasar por debajo de una puerta.

—Pero ¿lo podrías pasar por debajo de una puerta corredera?

—Aquí tenemos una puerta giratoria, Manny. La puerta gira y te hace entrar, y si no das la talla en la vuelta siguiente te echa a la puta calle…

Manny torció la cabeza y miró a Joe.

—¿Qué me estás diciendo, Joe? ¡Yo soy uno de los grandes cómicos! Tengo los recortes para probarlo. «Uno de los grandes cómicos de nuestra era». ¡Tú lo sabes!

—Hablas de la era glacial, Manny. ¡Ahora estamos en el presente! Tenemos que sentar a más personas en las mesas. Podría ir ahora por allí y arrojar tres kilos de arroz crudo y no acertar a nadie.

—Quizá a la gente no le gusta el arroz, Joe. Quizá lo prefiere cocido…

Joe negó con la cabeza.

—Manny, sales y te portas como un viejo amargado. ¡La gente sabe que el mundo es una mierda! Es lo que quiere olvidar.

Manny tomó un sorbo de vodka.

—Tienes razón, Joe. No entiendo qué me pasa. Como bien sabes, en este país vuelve a haber colas para tomar un plato de sopa. Como en los años treinta. Salgo y veo a esos cerdos comiendo y bebiendo y son tontos, tontos de verdad. ¿Qué derecho tienen a poseer tanto dinero? No entiendo nada.

Joe tocó a Manny en el brazo.

—Mira, sácate eso de la cabeza. No estás aquí para mejorar las cosas. Tu trabajo consiste en hacer reír.

—Sí, no lo dudo…

—Manny, como persona me caes bien. Sé que despilfarras el sueldo en mesas de juego y en chicas. Eso no me importa. Necesitas un desahogo. Y no me importa lo del vodka… siempre que produzcas algo. Pero A.J. me ha dicho que si no llenamos más mesas se acabó aquí mi empleo de promotor. ¡Tú no los haces reír, Manny! ¡Y ahora estoy yo con el culo al aire! Y tampoco me río. Estoy pensando en traer a ese chico, Benny Blue. No sólo inventa chistes sino que hace guarradas con pompas de jabón.

—Es un mediocre, un imbécil de pésimo nivel, Joe. ¿Oíste lo que hizo el otro día? Ciego de cocaína, meó a una de las camareras. Después le dio cinco dólares y le dijo que volviera a la noche siguiente para un bis.

—Lo oí. Pero el chico es bueno en el escenario. ¡Y eso es lo que me preocupa!

—Yo no tomo cocaína, Joe.

—¡Qué me importa lo que tomas! ¡Me importa lo que haces! Fuera figura tu nombre en letras luminosas, y en las mesas no veo a nadie…

—¡Joder! ¿No te has enterado? ¡Hay recesión, Joe!

—Y por favor, Manny, ¡basta de chistes sobre la recesión! ¡Pones incómoda a la gente! ¡La gente quiere reír! ¡Algo falla, Manny, porque no entra nadie!

Manny tomó otro trago de vodka, se dio la vuelta y se quedó mirando a Joe.

—Bueno… ¿quieres que te diga la verdad? ¡Son esas malditas coristas! ¡Hace tres o cuatro temporadas que tienen las mismas chicas con el mismo vestuario! ¡Se les empiezan a caer las tetas! ¡El culo les ha crecido más que la deuda nacional! Y… ¡después de hora se dedican a la prostitución! Las Tortolitas ¡un cuerno! ¡Habría que ponerles Hermanitas Herpes! ¡A quién le interesa ver un lote de putas enfermas levantando las piernas al mismo tiempo!

—No podemos comprarles vestuario nuevo, Manny. ¿Sabes cuánto cuesta vestirlas?

—Pongan al menos algo nuevo dentro de esa ropa.

—Manny, no es ése el problema. Tú eres el problema. ¡Levantas o te vas! Tendré que traer a Benny Blue y sus Burbujas Guarras.

—¿Levantar? ¿Levantar?

—No es más que una frase. Quiero decir que necesitas levantar la puntería con tu número, hacerlo despegar. Y si tenemos que sacrificar un culo, será el tuyo…

—Gracias, Joe.

—Supongo que sabes que Ginny tiene cáncer de mama. Estoy hasta las cejas de facturas del hospital.

—Me había enterado… —Manny le ofreció la botella a Joe—. Tómate un trago de vodka.

—Gracias, Manny…

Joe tomó un sorbo.

—Dime, Manny, ¿cuánto sacaste anoche en las mesas?

—No me vas a creer, pero saqué mil quinientos.

—¡Magnífico! Escucha, Manny…

—¿Sí?

—No los gastes.

Joe se levantó.

—Bueno, ¡te deseo toda la suerte del mundo!

—¿Por qué no la del universo?

—Ésa también.

Manny estaba sentado delante del espejo; la botella había bajado bastante. Oía al solista cantando una balada sentimentaloide. Nunca se burlaban de esos imbéciles. Las mujeres los adoraban y los hombres los sufrían, encantados de no ser como ellos. Manny había conocido a ese tipo. Un marginado del Pasadena City College con patillas hasta el culo. El cabronazo tomaba batidos de leche malteada y jugaba a las máquinas tragaperras con las abuelas. Tenía tanta clase como el ojete de un gato.

Sonó otro golpe en la puerta.

—Te toca ahora, Manny…

Manny tomó un buen trago, se miró en el espejo y se sacó la lengua. La lengua era de un blanco grisáceo. La guardó con rapidez.

Allí fuera había mucha luz y hacía mucho calor. Manny dejó que se le acostumbraran los ojos, vio tal vez a cinco o seis parejas en las mesas. El lugar contaba con veintiséis mesas. Todas las parejas tenían un aspecto hosco. No se hablaban. No se movían más que para levantar lo que estaban bebiendo, dejarlo en la mesa y pedir más.

—Bueno, hola… amigos —improvisó Manny—. Sabéis que entre Johnny Carson y yo hay poca diferencia. Carson usa un traje nuevo cada noche. Nunca se lo ve dos veces con el mismo traje. Me pregunto qué hará con los usados. Una cosa sé: que no se los regala a Ed McMahon…

Silencio.

—Ed McMahon no cabe en los pantalones de Carson… ¿Se entiende? Claro que sí. Pero creo que no es muy divertido. Bueno, me gusta ir ajustando el humor poco a poco, de manera sigilosa…

—¡Espero que lo consigas antes del amanecer! —gritó un borracho corpulento desde el fondo de la sala.

Manny miró con ojos de miope hacia la oscuridad.

—Ah, ya te veo, amigo. ¡Eres un GRANDÍSIMO gilipollas! ¡Un gilipollas tan grandísimo que por el culo te podrían meter el Queen Mary y aún quedaría sitio para la procesión de Semana Santa!

—¡Qué pésimo eres! —respondió el borracho—. ¿No puedes bailar un poco de claqué?

—Bueno… —empezó a decir Manny.

—O mejor aún, hacer que te trague la tierra —gritó otro borracho.

El escaso público aplaudió con entusiasmo.

Manny esperó a que volviera el silencio.

—Ahora —dijo— entiendo por qué sois tan desdichados: vuestras novias se acuestan con los árabes y habéis tenido que vender el Volkswagen para pagar el próximo recibo de la hipoteca, pero aquí estoy yo para haceros reír aunque no queráis…

—¡Pues hazlo de una vez, mamón kosher! —gritó el borracho corpulento.

—Gracias por indicarme lo que tengo que hacer —dijo Manny sin levantar la voz—. Ahora, si dejas de follar a tu mujer con los dedos por debajo del mantel, sigo con el número.

—¡Más te valdrá! ¡Está a punto de amanecer!

—De acuerdo. ¿Habéis oído el del soldado de chocolate que se acostó con la chica de chocolate que compró por correo?

—¡Sí!

—Muy bien, ¿y el del presidente Reagan y la enorme sorpresa que Nancy le tenía preparada?

—¡Lo contaste anoche!

—¿Tú estuviste aquí anoche?

—¡Sí!

—¿Y estás hoy aquí?

—¡Sí!

—Entonces, gilipollas, somos dos los imbéciles. ¡Con la única diferencia de que a mí me pagan!

—¡Si vengo mañana y tú sigues ahí todavía, tendrán que pagarme a mí!

El público aplaudió. Manny esperó hasta que volvió el silencio.

—La única diferencia entre vosotros y los pobladores de un cementerio es que vosotros estáis sentados —dijo muy tranquilo.

—¡La única diferencia entre tu número y un cementerio es que en un cementerio no hay consumición mínima!

Se oyeron algunas risas. Manny parpadeó.

—A ver… ¿De dónde habéis salido? ¿Del útero o de las paredes?

—¡Hemos salido del útero! Tú ¿has salido de algún sitio?

Manny sacó el micrófono portátil de la base y se sentó en el borde del escenario con las piernas colgando. Sacó la botella de vodka, la vació y la tiró.

—Me gustáis mucho. Estáis llenos de mierda. ¿Sabéis una cosa? Yo solía correr con Lenny Bruce.

—¡Con razón se murió de una sobredosis!

—Y todas esas preciosas damas, ¿de dónde han salido? Para mí, del Museo de Cera. ¿Alguna necesita una vela para el coño?

—¡Judío, no me haces ninguna gracia! ¡No puedes hablar así de mi mujer!

Era el borracho corpulento del fondo de la sala, que se levantó de la mesa. Tenía un tamaño impresionante.

Como una ola de carne, se puso en marcha hacia Manny. Manny parecía incapaz de moverse.

Las luces del escenario se apagaron y se encendieron. La orquesta atacó. Las coristas salieron con sus culos grandes y sus tetas caídas. Agitaban las piernas y la música sonaba con fuerza.

El borracho seguía avanzando hacia Manny a través del sonido. Cuando lo tuvo a su alcance, Manny le dio una tremenda patada en los huevos. El gigantón soltó un gruñido pero no se cayó. Siguió allí de pie y cuando Manny se levantó para huir del escenario el borracho logró agarrarle una pernera del pantalón y bajarlo. Manny aterrizó de bruces. El borracho lo cogió, lo levantó por encima de la cabeza y lo estrelló contra una mesa desocupada mientras entraban corriendo los guardas de seguridad. La banda seguía tocando. Las chicas levantaban las piernas todo lo que podían.

Benny Blue había llegado un rato antes. Estaba de pie en la entrada. Como siempre, tenía consigo el equipo para fabricar burbujas. Lo sacó y se puso a trabajar. Sopló un pene flácido con huevos caídos. Su creación flotó por encima del tumulto. Había nacido una estrella.


La versión ilustrada de «Bop, Bop, contra aquel telón» fue publicada originalmente en 1975 en la revista Arcade, California.


BOP, BOP, CONTRA AQUEL TELÓN

Hablábamos de mujeres, les espiábamos las piernas al bajar de los coches y de noche mirábamos por las ventanas con la esperanza de ver a alguien follando, pero nunca teníamos suerte. Una vez descubrimos a una pareja en la cama; el hombre manoseaba a su mujer y pensamos: ahora lo vamos a ver.

—¡No, no quiero hacerlo esta noche! —dijo ella, y le dio la espalda.

El hombre encendió un cigarrillo y nosotros fuimos en busca de otra ventana.

—¡Qué hijo de puta! A mí ninguna mujer me haría eso.

—A mí tampoco. ¿Qué clase de hombre será?

Éramos tres: Baldy, Jimmy y yo. Para nosotros el domingo era el gran día. El domingo nos reuníamos en la casa de Baldy y cogíamos el tranvía hasta la calle principal. El billete costaba siete centavos.

En aquella época había dos sitios con espectáculos de variedades, el Follies y el Burbank. Estábamos enamorados de las strippers del Burbank y allí los chistes eran un poco mejores, así que íbamos al Burbank. Habíamos probado la sala de cine porno, pero las películas no eran realmente pornográficas y los argumentos no cambiaban nunca. Un par de tipos emborrachaba a una jovencita inocente y antes de que se le pasara la resaca la chica se encontraba en un prostíbulo con una fila de marineros y jorobados aporreando la puerta. Además, en esos sitios los vagabundos dormían noche y día, meaban en el suelo, bebían vino y se robaban unos a otros. Apestaba a orina, a vino y a crimen. Decidimos ir al Burbank.

—Chicos, ¿vais a un espectáculo de variedades? —preguntaba el abuelo de Baldy.

—Claro que no, señor. Tenemos cosas importantes que hacer.

Allá íbamos. Allá íbamos todos los domingos. Llegábamos temprano por la mañana, mucho antes de que empezara el espectáculo, y paseábamos por la calle principal mirando hacia los bares vacíos donde las chicas de alterne, sentadas junto a la puerta con la falda levantada, agitaban los tobillos a la luz del sol que entraba en aquellos sitios oscuros. Las chicas tenían buen aspecto. Pero nosotros sabíamos. Nos habíamos enterado. Si un tipo entraba a tomar una copa, le cobraban una fortuna, tanto por su trago como por el de la chica. Pero el trago de la chica estaba aguado. La podías tocar un poco, pero eso era todo. Si mostrabas dinero, el encargado lo veía y ponía algo en la bebida y despertabas fuera del bar con los bolsillos vacíos. Lo sabíamos.

Después del paseo por la calle principal íbamos al sitio de los perros calientes y comprábamos un perro caliente por ocho centavos y un enorme vaso de refresco por cinco. Hacíamos pesas y nos abultaban los músculos, y andábamos con las mangas de la camisa remangadas y cada uno llevaba un paquete de cigarrillos en el bolsillo superior. Hasta habíamos probado un curso de Charles Atlas, Tensión Dinámica, pero las pesas parecían una solución más recia y evidente.

Mientras comíamos el perro caliente y bebíamos el abundante refresco, jugábamos al flipper, un centavo por juego. Llegamos a conocer muy bien aquella máquina. Si lograbas la puntuación máxima, podías volver a jugar gratis. Como escaseaba el dinero, teníamos que lograr la puntuación máxima.

Franky Roosevelt era presidente, las cosas mejoraban pero aún seguía la depresión y ninguno de nuestros padres trabajaba. De dónde sacábamos nuestra pequeña cantidad de dinero para gastos era un misterio, sólo que teníamos buen ojo para todo lo que no estuviera pegado al suelo. No robábamos, compartíamos. E inventábamos. Como teníamos poco o nada de dinero, inventábamos pequeños juegos para pasar el tiempo. Uno de ellos consistía en ir y venir de la playa a pie.

Eso ocurría sobre todo en días de verano, y nuestros padres nunca se quejaban cuando llegábamos a casa demasiado tarde para la cena. Tampoco les preocupaban las abultadas y relucientes ampollas que teníamos en las plantas de los pies. Nos empezábamos a enterar cuando veían cómo habíamos gastado los tacones y las suelas de los zapatos. Nos mandaban a algún almacén barato donde había tacones y suelas y cola a buen precio.

Se repetía la situación cuando jugábamos al fútbol americano en las calles. No había fondos públicos para construir sitios de recreo. Eramos tan duros que jugábamos al fútbol americano en las calles durante la temporada de fútbol, la temporada de baloncesto, la temporada de béisbol y la siguiente temporada de fútbol. Cuando te hacen un placaje en el asfalto, ocurren cosas. Se raspa la piel, se magullan los huesos, sale sangre, pero uno se levantaba como si no hubiera pasado nada.

A nuestros padres jamás les importaban las costras y la sangre y los morados; el terrible e imperdonable pecado era aparecer con un agujero en una de las rodillas de los pantalones. Porque cada chico sólo tenía dos pares de pantalones: los pantalones de todos los días y los pantalones del domingo, y no se podía hacer nunca un agujero en la rodilla de uno de los dos pares, porque eso demostraba que eras pobre e imbécil y que tus padres también eran pobres e imbéciles. Así que aprendías a placar al otro sin caer sobre ninguna de las rodillas. Y el que recibía el placaje aprendía a ingeniárselas para no caer sobre ninguna de las rodillas.

Cuando nos peleábamos, combatíamos durante horas y nuestros padres no iban a salvarnos. Supongo que como fingíamos ser muy duros y nunca pedíamos clemencia, esperaban que alguna vez lo hiciéramos. Pero no podíamos hacerlo porque detestábamos a nuestros padres, y como los odiábamos ellos nos odiaban otro tanto, y salían a los porches y nos miraban con indiferencia mientras estábamos enredados en una terrible e interminable pelea. Bostezaban y recogían del suelo algún volante publicitario y se metían de nuevo en la casa.

Yo peleaba contra un tipo que después llegó a un puesto muy alto en la Marina de los Estados Unidos. Un día peleé con él desde las ocho y media de la mañana hasta la puesta del sol. Nadie nos detuvo a pesar de que estábamos bien a la vista, en su jardín delantero, bajo dos enormes pimenteros desde donde los gorriones nos cagaron todo el día.

Fue una lucha implacable, a muerte. Él era más grande, un poco mayor que yo y más pesado, pero yo estaba más loco. Paramos de común acuerdo: no sé cómo funciona eso, hay que experimentarlo para entenderlo, pero después de que dos personas se pegan durante ocho o nueve horas, surge una extraña especie de hermandad.

Al día siguiente yo tenía todo el cuerpo amoratado. No podía usar los labios para hablar ni mover ninguna parte del cuerpo sin sentir dolor. Estaba en la cama preparándome para morir cuando apareció mi madre con la camisa que había usado durante la pelea. Me la puso delante de la cara, sobre la cama, y me dijo:

—¡Mira, tienes manchas de sangre en esta camisa! ¡Manchas de sangre!

—¡Lo siento!

—¡No las voy a poder sacar NUNCA!

—Son manchas de sangre de él.

—¡Qué importa! ¡Es sangre! ¡No sale!

El domingo era nuestro día, nuestro día cómodo y tranquilo. Íbamos al Burbank. Siempre daban primero una película mala. Una película muy antigua, que uno miraba mientras hacía tiempo. Mientras pensaba en las chicas. Había tres o cuatro músicos en el foso que tocaban fuerte, quizá no muy bien pero sí fuerte, y por fin salían las mujeres y agarraban el telón, el borde del telón, como si fuera un hombre, y meneaban el cuerpo haciendo bop, bop, contra ese telón. Después giraban y empezaban a desnudarse. Si tenías dinero suficiente, hasta podías comer una bolsa de palomitas de maíz, y si no, te jodías.

Antes del número siguiente había un intermedio. Aparecía un hombrecito que decía:

—Señoras y señores, pido su amable atención… —Vendía anillos visores. En el cristal de cada anillo, si se apuntaba hacia la luz, había una imagen maravillosa. ¡Lo juraba! Cada anillo costaba sólo 50 centavos, un valioso objeto para toda la vida por sólo 50 centavos, disponible nada más que para los clientes del Burbank—. ¡Apunten hacia la luz y verán! Y gracias, señoras y señores, por su amable atención. Ahora los acomodadores irán por los pasillos a ofrecerlos.

Un par de infelices con olor a moscatel se acercaban por los pasillos con una bolsa de anillos visores en la mano. Nunca vi que nadie comprara uno. Pero me imagino que si mirabas hacia la luz veías en el cristal a una mujer desnuda.

La banda empezaba a tocar de nuevo y se abría el telón y aparecían las coristas, la mayoría ex artistas de striptease viejas con mucho rímel y colorete y pintura de labios y pestañas postizas. Hacían lo imposible por moverse al compás de la música, pero siempre se atrasaban un poco. Sin embargo, no dejaban de esforzarse. Me parecían muy valientes.

Entonces venía el cantante. Costaba que te gustara el cantante. Cantaba muy fuerte sobre amores contrariados. No sabía cantar, y cuando terminaba abría los brazos e inclinaba la cabeza agradeciendo unos aplausos casi inexistentes. Después llegaba el cómico. ¡Y qué bueno era!

Aparecía vestido con un viejo abrigo marrón, un sombrero calado hasta los ojos, encorvado y caminando como un pobre diablo, un pobre diablo que no tiene nada que hacer ni a donde ir. Una chica atravesaba el escenario y él la seguía con la mirada. Entonces se volvía hacia el público y con aquella boca desdentada decía:

—¡Caracoles!

Salía otra chica al escenario y él se le acercaba, pegaba la cara a la de ella y decía:

—Soy un viejo, paso de los cuarenta y cuatro, pero cuando se rompe la cama acabo en el suelo.

Eso bastaba. ¡Cómo nos reíamos! Cómo nos reíamos, jóvenes y viejos. Y después venía el número de la maleta. El hombre trataba de ayudar a una chica a hacer la maleta. La ropa no terminaba de acomodarse.

—¡No la puedo meter!

—A ver, que te ayudo.

—¡Volvió a salir!

—¡Espera! ¡La voy a pisar!

—¡Qué dices! ¡Ni se te ocurra pisarla!

El número de la maleta seguía y seguía. ¡Qué gracioso era aquel hombre!

Por último volvían a salir las tres o cuatro primeras strippers. Cada uno tenía su favorita y cada uno estaba enamorado de esa favorita. Baldy había elegido a una francesa delgada y asmática con ojeras oscuras. A Jimmy le gustaba la Mujer Tigre (más correctamente, La Tigresa). Le hice ver a Jimmy que la Mujer Tigre tenía, sin la menor duda, una teta más grande que la otra. La mía era Rosalie.

Rosalie tenía un culo grande y lo meneaba cantando divertidas cancioncillas, y mientras iba y venía quitándose la ropa hablaba sola y soltaba risitas. Era la única que disfrutaba de su trabajo. Yo estaba enamorado de Rosalie. A menudo pensaba en escribirle y decirle cuánto la admiraba pero, no sé por qué, nunca llegué a hacerlo.

Una tarde, en la parada del tranvía después del espectáculo, encontramos a la Mujer Tigre. Llevaba un vestido ajustado y nos quedamos mirándola.

—Es tu chica, Jimmy, es la Mujer Tigre.

—Oye, ¡qué bien está! ¡Mírala!

—Voy a hablar con ella —dijo Baldy.

—Es la chica de Jimmy.

—No quiero hablar con ella —dijo Jimmy.

—Voy a hablar con ella —dijo Baldy.

Se puso un cigarrillo en la boca, lo encendió y se acercó a la mujer.

—Hola, cariño —dijo con una sonrisa.

La Mujer Tigre no respondió. Se quedó mirando hacia delante, esperando el tranvía.

—Sé quién eres. Hoy vi cómo te desnudabas. Estás muy bien, cariño, muy bien de verdad.

La Mujer Tigre no respondió.

—Cómo lo mueves. Dios mío, ¡cómo lo mueves!

La Mujer Tigre no se inmutó. Baldy seguía mirándola con aquella sonrisa idiota.

—Quiero que lo sepas. Me gustaría metértela. Me gustaría follarte, cariño.

Nos acercamos y sacamos de allí a Baldy. Nos lo llevamos con nosotros.

—¡Imbécil! ¡No tienes derecho a hablarle de esa manera!

—Entonces, ¿por qué menea el culo? ¿Por qué se pone delante de los hombres y se menea así?

—Trata de ganarse la vida, nada más.

—¡Está caliente, caliente como una perra, y tiene ganas!

—Estás loco.

Lo alejamos de allí.

No mucho tiempo después empecé a perder interés en las visitas a la calle principal los domingos. Supongo que el Follies y el Burbank siguen allí. Por supuesto, la Mujer Tigre y la stripper con asma y Rosalie, mi Rosalie, ya no están más. Quizá hayan muerto. Quizá el enorme y movedizo culo de Rosalie esté muerto. Y cuando ando por mi barrio paso por delante de la casa donde vivía, habitada ahora por desconocidos. Sin embargo, aquellos domingos, la mayoría de aquellos domingos, eran magníficos, una pequeña luz en los tiempos oscuros de la depresión, cuando nuestros padres salían al porche, desempleados e impotentes, y miraban cómo nos molíamos a palos y después entraban y se quedaban mirando las paredes, sin atreverse a encender la radio por miedo a la factura de la luz.


CHARLES BUKOWSKI (Andernach, Alemania, 1920 - Los Ángeles, 1994). Poeta y narrador estadounidense, creador de una literatura provocadora, cargada de gran emoción y sentimientos. Nació en la ciudad alemana de Aldernach, pero a los dos años se trasladó con su familia a Los Ángeles, donde vivió toda su vida. Durante muchos años, y tras un breve paso por la universidad, se ganó la vida con trabajos manuales temporales. Sus primeras obras se publicaron en la década de 1960. Su primera novela, Cartero (1970), le permitió abandonar la oficina de correos en la que trabajaba. A ésta seguirían otras cinco, todas protagonizadas por Henry Hank Chinaski, alter ego del propio Bukowski.


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